
Una tarde como otra cualquiera, Akane decició salir a tomar el aire. Primero fue a la biblioteca intermedia más cercana de su barrio de las tres que tiene a su mediano alcance. Caminó y en medio del camino se puso a llorar. Llegó a la biblioteca secándose las lágrimas con las manos. Después no quiso coger el autobús hasta la próxima biblioteca y decidió caminar más, hasta llegar a su destino; volvió a llorar dos veces o tres más a lo largo del camino mientras escuchaba música francesa pero ese no fue el motivo de su río de lágrimas que se volvió a secar, aunque esta vez en su hombro derecho. Por fin, entre paso y paso, cansada y un tanto más relajada, llegó a la biblioteca. Dijo al bibliotecario que no sabía que en agosto no habían cerrado y devolvió el libro catorce días más tarde. Él no le dijo nada, es muy buen hombre y en parte porque ya la conocía y sabía que era una chica centrada y formal.
Salió de la biblioteca y a pocos metros de allí olía a eucaliptus, se fijó en el jardín de una casa antigua en el que había un hermosísimo árbol... era el Eucaliptus que desprendía esa fragancia tan característica. Se asomó para ver si había alguien y aquello estaba muy solo, un lugar paradisíaco lleno de plantas y árboles. Continuó caminando unos metros más y llegó a una plaza llena de niños jugando felices junto a sus madres, pasó de largo y se paró en una plaza un tanto más pequeña al lado de un centro de rehabilitación. Se sentó, apoyó la cabeza en el respaldo de aquel banco solitario y mirando al cielo, vio volar pájaros y segundos más tarde vio cómo pasaba un avión. Pensó en Finlandia, Madrid y Francia. Al cabo de unos minutos Akane decidió continuar el camino de regreso a su casa. Llegó muy cansada y del todo relajada pero con mucha sed. Se tomó un Bitter Kas y continuó reflexionando sobre el tema, no hay nada que hacer.
1 comentarios:
ninaaaaaaaaaaaaa
hem de parlar eh...
una abrazada molt i molt forta shi?
noe
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