Érase una vez una fiesta de carnaval con toneladas de confetti y 40 caramelos. La aventura de llegar es lo de menos, pero vamos paso por paso.
Este fue el tercer febrero que iba. El primero iba perdida, ya había confetti por el suelo y ya habían pasado todas las carrozas. La segunda vez, pude ver por fin las carrozas y a la maga. Ella iba acompañada de su mago, que iban disfrazados como de vampiros. Los vi de lejos, para nada quería ser una aguafiestas. La multitud de carrozas iban tirando caramelos a diestro y siniestro y logré cazar bastantes el año pasado. Pude disfrutar plenamente acompañada de una amiga una lluvia de confetti de unas 20 toneladas. Fue mágico y especial.
Este año fue raro, me tocó ir sola y estaba preocupada por unos temas personales. Fue una escapada exprés, porque no podía perderme, una vez más, una fiesta tan grande. Además, este año lo hicieron mucho mejor porque cambiaron la ruta de las carrozas y había mucho más espacio para verlas. Volví a ver a la maga, esta vez su grupo iba de payasos piaratas. Recogí 40 caramelos, 20 de los cuales aún me duran, de muchos sabores: fresa, limón, naranja, piña y manzana verde.
Y estos son los caramelos de la felicidad, porque al comerme uno me traslado a aquel día inigualable y espectacular. Son caramelos mágicos, pero la maga todavía no me dio ninguno, ¿en 2026 pasará? Lo importante la próxima vez es volver a pesacar caramelos como si no hubiera un mañana y acabarme los de este año, besándolos y dando las gracias por tan rico manjar.
¿Habrá siguiente capítulo...?