sábado, 2 de abril de 2022

Cortocuentos amorosos.

Cortocuento I ("Ese halo medieval")

Te conocí, con la esperanza de probarte. No nos ha dado tiempo a nada, al menos compartimos el gusto por los minerales. Me volvía loca la idea de besarte, en algún momento, pero en vista de que no te acercabas más, no pude tomar la iniciativa; yo, que era tan valiente y ahora... me vuelvo tímida cuando alguien me gusta de verdad. Siento que es como frágil. Ya alguien vuela tus vientos, pero no voy a perder la esperanza de apostar por tu amistad, bajo el secreto de una atracción inconsumable.

Cortocuento 2 ("Vapores virtuales")

Al empezar nuestra videoconferencia, he empezado a tartamudear como una niña; nada más escucharte en mi idioma extranjero favorito se me han subido muchos vapores a la cara, suerte que no me veías. Después, a cara descubierta, tú seguías tu discurso y yo, en la sombra, sentía esas mariposas mágicas de las películas; son ciertas. Tenemos el poder de hacer realidad aquello que nos imaginemos. Me quedaba muchas veces en blanco, me temblaba la mano al escribir tus ideas... ¡Qué martirio más grande no poder conquistarte! 

Cortocuento 3 ("A quien nunca olvidaré")

Hay personas en nuestra vida que nos marcan para siempre, y aquí apareces tú: después de 11 años de amistad han pasado muchas cosas en nuestras vidas privadas, pero este secreto enamoradizo nunca te lo confesaré, porque no sirve de nada sincerar una pena tan grande, no poder alcanzarte desde nunca y tenerte para siempre en mi alcoba.

Cortocuento 4 ("Ese amor juvenil imposible")

Mi príncipe nórdico, frío, inteligente y orgulloso; escucharte es entrar en el universo íntimo de tu mente intelectual que pocas mujeres alcanzamos. Y es que existen tantos placeres como experiencias, no necesariamente íntimas. Recuerdo comernos esas galletas secretas de tu familia, en plena Navidad; sentir que rozo el cielo, que una galleta de esas es un beso tuyo que se me clava en el corazón. Pensando en su gusto celestial sonrío, tontamente, y me pregunto si algún día esas galletas se convertirán en besos reales de alguien diferente a ti, tan imposible como tantos amores.

domingo, 27 de diciembre de 2020

Acabando el año y reflexionándolo.

Hay a veces, en la vida, que te planteas muchas cosas. Y este 2020 acepté sin queja el distanciamiento social. Quiero extender esa sensación mucho más tiempo: estar sola, conmigo, sin adaptarme a nada, sin arriesgarme a tener una carga vírica descomunal, sin tener que quedar bien por conservar un entorno social tóxico para mi mente y corazón.

¿Por qué tanto aceptar, tanto adaptarse y tanto perdonar? ¿Y yo qué? ¿No tengo derecho a decidir cómo quiero que sea una cita de amigos? ¿Solo el día de mi cumpleaños decido? ¿En qué mundo vivimos? ¿Por qué siento que no tengo voz ni voto en según qué entorno social? ¿Por qué constantemente hay que discutir todo, hay que callarse para evitar tensiones y malentendidos?

Que no, que estoy muy harta de aguantar y de que se me den lecciones de vida constantemente. De que se me persiga para verme y que me cuenten problemas y me pidan una opinión de la que no sé qué decir. ¡Que no yo entiendo de amores! ¡Que yo no entiendo de muchas cosas! 

Trae un libro y olvídate de tu propia vida por un instante. Cuéntame qué te ha enseñado ese libro y qué reflexión te llevas. Hablemos de bohemia, de poesía, de teatro, ... A mí, hablar de gente, no me gusta. Bueno, sí me gusta hablar de artistas como Lorca, Miguel Hernández, Sor Juana Inés de la Cruz y de otros más.

En 2021 voy a escribir mi libro. Es mi momento. ¿Alguna propuesta innovadora?

miércoles, 17 de junio de 2020

Aquí.

Aquí.
Me siento segura.
Como un pestillo
que echas al encerrarte
en un lugar.

Aquí.
Puedo escribir sin que me veas,
ni sepas que tu voz me tambalea
el corazón, la vida, la noción;
y no tienes una amorosa misión.

Aquí.
Me escondo en mil puertas,
te pienso y no la abro.
Me hablas y pierdo las llaves.
Y así, recogida, quedo obsoleta.

Aquí.
Desaparecí, me ausenté,
decidí no pensarte
y volviste desde otro destino,
y ahora no quiero irme.

Aquí.
No deseo moverme más,
que el viento se encargue
de rozarme la cara hacia
la dirección correcta.